INCIPIT HITLER. Así tituló Stefan Zweig el penúltimo capítulo de su maravilloso y conmovedor EL MUNDO DE AYER. MEMORIAS DE UN EUROPEO. Creo que es un inicio que cualquiera que no tenga anteojeras podrá extrapolar a nuestro mundo de hoy.

“Obedeciendo a una ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época. Nunca había oído hablar de Hitler, hasta que un buen día recibió la visita de un vecino que le anunció que en Munich andaba todo revuelto por culpa de un agitador que se revelaba contra la República y los judíos, enervando a la multitud con sus soflamas. Por lo demás, todo tranquilo.

Hasta que, de repente, empezaron a surgir grupos de jovenzuelos, con botas altas, camisas bastas y brazaletes con la esvástica, cantando, vociferando y pegando carteles por todos los rincones. Alguien debía esconderse tras aquellas cuadrillas de jóvenes que “sólo” armaban bulla (...)

¿Cuándo y como se preparaban? ¿Y, sobre todo, quién los preparaba? Salían de sus casas de noche a un descampado y allí gente militarmente adiestrada los instruía. Las autoridades no prestaban el más mínimo interés. ¿Dormían o cerraban los ojos?. Munich cayó en manos de Hitler, hasta que las autoridades reaccionaron y lo apresaron. Las escenas antecedentes hay que situarlas en 1.923. Todavía demasiado pronto… Hasta que la inflación, el paro y la crisis política en grado sumo lo sacó de nuevo al aire.

Los periódicos democráticos, en lugar de prevenir a los ciudadanos, les decían que no era nada. Al contrario, Hitler les había hecho promesas y más promesas, a diestro y siniestro, ganando infinidad de prosélitos, incluyendo partidos políticos con ánimo, cada uno de ellos, de obtener las mejores prebendas para sus propios fines, “Sabía engañar tan bien a base de hacer promesas a todo el mundo, que el día en que llegó al poder la alegría se apoderó de los bandos más dispares”. Los partidos más diversos y opuestos entre sí consideraban a ese “soldado desconocido” -que lo había prometido y jurado todo a todos los estamentos, a todos los partidos y a todos los sectores- como a un amigo. ¿Acaso podía imponer nada por la fuerza a un Estado en el que el Derecho estaba firmemente arraigado… y en el que todos los ciudadanos creían tener aseguradas la libertad y la igualdad de derechos, de acuerdo con la Constitución solemnemente jurada?. ¡Por supuesto que no!

Chamberlain y Daladier capitularon ante Hitler y Mussolini. La situación a finales de setiembre de 1.938 era desesperada. Y, tras un segundo viaje, Chamberlain volvió con un documento en la mano en el que llevaba escritas las concesiones que le había hecho a Hitler. Pero transcurridas unas semanas a éste ya no le parecieron suficientes y siguió pidiendo La gente se convenció de que la guerra era inevitable y se prepararon para ella. Lo más desconcertante de todo fue que cuando se recibió en el Parlamento la concesión de una tercera entrevista, todos los diputados, puestos en pie, aplaudieron enloquecidamente, pasmados ante lo conseguido. Pero aquel maravilloso espectáculo que en apariencia proporcionaba la paz, representó en realidad un terrible error"