Artículo Auschwitz en Madrid de Fernando Navarro, presidente de CITMA, con sus impresiones sobre la Exposición Auschwitz: No hace mucho. No muy lejos, organizada por Musealia en el madrileño Centro de Exposiciones Arte Canal. La exposición estará abierta hasta  junio de 2018 y esta previsto que recorra ciudades de todo el mundo durante los próximos siete años. Desde CITMA hemos recomendado la visita a esta exposición no solalemnte por su caracter único e interés histórico sino como recuerdo a las víctimas de la Shoá.

AUSCHWITZ EN MADRID

Vagon como los utilizados para la deportación de judios a Auschwitz

En un vagón como el de la imagen empezó el fin de la vida de millones de nuestros hermanos. No hay palabras, yo al menos no las encuentro, para describir el horror y el dolor sufrido por millones de hijos, padres, hermanos, abuelos, novios o esposas. No hay palabras que hagan justicia a esa sensación de desvalimiento y vulnerabilidad ante la persecución creciente y criminal del nazismo hacia aquellos a los que consideraba ‘infrahumanos’ (Untermenschen).

Juego de mesa: Juden Raus! (¡Judios fuera!)

La Shoah (Holocausto) no comenzó tan brutalmente. Fue cocinada a fuego lento. Primero se envenenó el alma alemana, especialmente la de sus niños (en alguna de las fotos se ve el juego de mesa ‘Juden Raus!’ – ¡Judíos fuera!, tipo parchís, fíjense en las fichas) y en paralelo se cultivó el antisemitismo eterno, usando para ello todas las armas del Estado, principalmente la propaganda. Cine, medios de comunicación, radio, universidades, centros de investigación, editoriales, filósofos, artistas, compositores… Todos unidos por la argamasa envenenada del antisemitismo. Y todo eso fue potenciado por el uso criminal de la palabra, esa lengua del Tercer Reich que según mostró Klemperer mataba sin usar expresiones incómodas, y que asesinaba por compasión, que vejaba por salubridad y que no exterminaba sino que más bien buscaba una ‘solución final’ para 11 millones de judíos tras una agradable tarde en la villa de Wannsee con Eichmann tomando notas y Heydrich ofreciendo canapés. Era el 20 de enero de 1942 y ya entonces se había asesinado a 800.000 judíos en el llamado ‘Holocausto por balas’. Y así, durante años y soterradamente, se fue preparando la Shoah que de ningún modo fue improvisada. Hay pruebas escritas, algunas muy tempranas y anteriores a las Leyes de Nuremberg de 1935, en las que se acredita la clara intención de Hitler de exterminar a los judíos. Y no era solo una forma de hablar, era una decidida voluntad de acabar con ellos. Y sus perros guardianes – Himmler a la cabeza – no dudaron en cumplir los deseos del amo. Y lo hicieron con celo y hasta delectación. 6 millones de judíos fueron asesinados en los territorios que ocuparon los nazis. Algo más de la mitad de sus objetivos pues, recordemos, su intención fue asesinar a 11 millones.

Solamente en Auschwitz – hasta su liberación el 27 de enero de 1945- fueron asesinados más de un millón de seres humanos. Un millón. El 91% de todos los judíos (y gitanos) deportados a Auschwitz murió en aquel campo, la mayoría a las pocas horas de llegar. No fue el único campo de exterminio, pero si el más exterminador, con Treblinka a la zaga. Pero quiero olvidar los números ya que muy a menudo despersonalizan el horror y ocultan el dolor que siempre es singular y no entiende de estadísticas ni porcentajes ni decimales. El dolor es individual y absoluto. Toda muerte es igual, pero mi muerte será en realidad la autentica muerte. Y es por eso que me sumerjo en los rostros no tan lejanos, no tan distantes, de mis hermanos asesinados y en los jirones de sus vidas truncadas por el odio racial. Y es ahí cuando cobra todo su sentido un zapato rojo de tacón o una postal bellamente decorada por un preso, como queriendo plantar cara con sus colores pastel al hedor de la muerte y al aliento de los verdugos. Y leo con silencioso respeto las cartas y los diarios de personas que murieron mucho antes de lo debido, observo los instrumentos para el mal y el asesinato industrializado y rentable de la IG Farben con su Zyclon-B y sus facturas, y aquellos otros pequeños utensilios que fueron tesoros efímeros y memoria en miniatura de todo el universo que el nazismo había arrebato a mis hermanos. ¿Qué fuerza impelió a unos padres -en medio de aquel horror – a conservar una tacita con un pequeño conejo a modo de decoración? ¿Qué alma poderosa fue capaz de escribir tan bellas cartas de despedida desde los vagones abarrotados que les llevaban a una muerte conocida? ¿Puede haber dolor más grande que verte separado de tus hijos o un pánico mayor que el de una pequeña criatura al verse desgarrada de sus padres? Soy padre, dios mío, y sé que una vez fui un dios para mis hijos. Mi simple presencia era garantía de seguridad. A sus ojos, yo podía con todo. Nada podía pasarles si yo estaba con ellos. Y aquellos niños – que también son mis hijos pequeños – fueron arrojados brutalmente a la más despiadada verdad, en la que sus padres nada podían hacer por ellos. Nada. Dios mío, cuanto horror… Y ver sus ropitas y sus juguetes y sus rostros aturdidos (las fotografías no dejan rastro de gritos en alemán, ni de olores, ni de gemidos) rasga el alma de parte a parte pero aún así -o precisamente por eso-  creo que todos debemos visitar Auschwitz pues aquel espanto no sucedió ni hace tanto, ni tan lejos. Visitar Auschwitz es un gesto de amor.

Y hay algo más que aconseja visitar Auschwitz: aquel crimen contra la humanidad no es imposible que pudiera volver a repetirse. Sus factores desencadenantes – el antisemitismo y el nacionalismo – siguen vivos. ‘Los Protocolos de los Sabios de Sion’, ‘La seta venenosa’ o ‘El judío Suss’ adoptan nuevos ropajes y se reciclan bajo la cobarde máscara del humor negro, la villanía del negacionismo o la trivialización de la Shoah.

¿Por qué estudio y escribo para combatir el nazismo? Lo hago por ellos, por los millones de víctimas. Por los niños a los que una bestia les escupió que sus padres no podrían salvarles y por los padres despojados de sus hijos y cuyo sufrimiento solo quien es padre puede llegar a intuir. Por ellos, por mis hermanos asesinados, lucho a mi manera y a la de Dylan Thomas: Lucho con rabia contra la muerte de la luz. Hay heridas en mi alma que no quiero que se curen. Quiero que me duelan, pues hay dolores que no son más que un antídoto contra el olvido. Y olvidarlos sería matarlos de nuevo.

Fernando Navarro García