DR. ALBIÑANA: INTELECTUALIDAD Y RADICALISMO POLÍTICO

Con ocasión de la publicación por la Fundación La Sierra del libro del Dr. Albiñana "Historia de la Villa de Enguera y de sus hijos ilustres" (1930) - cuya presentación en Enguera el 6 de octubre será realizada por el presidente de CITMA - hemos querido realizar un breve repaso a la evolución ideológica del Dr. Albiñana, un miembro destacado de la Derecha Radical española de los años treinta y un destacado intelectual.

Los intelectuales y el autoritarismo.

En la figura de Don Jose María Albiñana (Enguera, Valencia 1883 - Madrid, 1936) confluyen dos rasgos identitarios aparentemente incompatibles: la intelectualidad y el autoritarismo, en su caso de corte ultraconservador y tradicionalista. De su supuesto fascismo hablaremos más adelante. Al leer su impresionante “Historia de la Villa de Enguera y de sus hijos ilustres”, que acaba de publicar por vez primera la Fundación La Sierra, lo primero que vino a mi mente es cómo fue posible que alguien capaz de realizar un estudio histórico tan riguroso y de mostrar tal sensibilidad por su tierra y sus gentes sostuviese, al mismo tiempo, unas ideas políticas en las que la violencia – la acción directa- se anteponía a cualquier otro factor. De ahí la pregunta, en absoluto retórica, de si es realmente incompatible intelectualidad con autoritarismo.

La historia de la cultura y del pensamiento contemporáneo confirma que no solo no son incompatibles sino que muy a menudo saber y violencia van de la mano. ¿Tan rápido olvidamos el nazismo de Heidegger, de Richard Strauss, de Gunther Grass, de Otto Rahn, de Carl Schmitt, de Knut Hansum, de Leni Rieffenstahl? ¿o el fascismo del gran poeta Gabriele D’Annunzio, de Curcio Malaparte, de Luiggi Pirandello, de Celine o de Ezra Pound? ¿No recordamos el panegírico de Pablo Neruda a Stalin, la complicidad de Sartre con el comunismo o el apoyo de Gabriel García Márquez al régimen dictatorial castrista por poner solo tres ejemplos de la interminable lista de intelectuales de izquierdas que alguna vez justificaron el Gulag y que incluso hoy interpretan el terrorismo con un sesgo ideológico que exime a sus criminales?

Pero si volvemos la vista a la España de los años treinta, que es la España del Dr. Albiñana, nos encontraremos con intelectuales de la talla de Cesar González Ruano (cuyo colaboracionismo con los nazis ha diseccionado perfectamente la historiadora Rosa Sala en “El marqués y la esvástica”), Ernesto Giménez Caballero, Ramiro de Maeztu, Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, Jose Antonio Primo de Rivera, Agustín de Foxa y tantos otros cuyas simpatías por el régimen de Franco o por el fascismo fueron notables en algún momento de sus vidas. En este grupo de notables reaccionarios – valga la etiqueta para aglutinar a mentes y evoluciones tan diversas- debiera también estar Jose María Albiñana. Por cierto que en la monumental antología de Akal Literatura Fascista Española no aparece recogido ningún escrito del Dr. Albiñana, ni poemas, ni ensayos, ni siquiera un solo artículo periodístico de su muy fructífera producción.

No hemos puesto más que unos pocos ejemplos, pero si siguiéramos escarbando en el basurero ideológico de la historia y su paradójica relación con la cultura iban a ser muy pocos los que sobrevivieran a un severo juicio moral por las ideas que en algún momento de sus vidas sostuvieron. Hay que entender también que somos hijos de nuestra época y que – querámoslo o no- eso marcará nuestra forma de entender y afrontar el mundo. Decimos esto, porque Jose María Albiñana, ese enguerino ilustre a pesar de sus indudables sombras, no es más que un ejemplo de esa época exaltada, radical y violenta que caracterizó la historia de Europa entre 1900 y 1945.

Un paréntesis: ¿Qué es el fascismo?

Para entender bien por qué el Dr. Albiñana no fue realmente fascista, es preciso repasar someramente qué supone el fascismo, como forma extrema de autoritarismo o, si se prefiere, como vertiente suave del totalitarismo.

Si entendemos la democracia, siguiendo la escueta y clara definición de Raymond Aron como “la organización de la competencia pacífica con vistas al ejercicio del poder” podríamos —a contrario sensu— identificar y clasificar los siguientes regímenes no democráticos o liberticidas: autoritarismo, fascismo, nazismo y totalitarismo. Hemos simplificado mucho. Desarrollar bien cada uno de esos sistemas requiere un espacio que no pretendemos ocupar en este escueto escrito.

Resulta muy difícil analizar el pensamiento político fascista porque el fascismo fue una forma de praxis política sin ideología, a diferencia del comunismo y nazismo cuyas bases ideológicas se nutrían de una extensa literatura; especialmente el comunismo a quien la abundante obra de Marx y Engels brindó una sólida armadura argumental para justificar sus crímenes. Ello llevó desde mediados de los años 20 del pasado siglo a identificar fascismo con cualquier movimiento autoritario de derechas, lo que supuso un “alargamiento conceptual” (conceptual stretching) del término. Recordemos que, según Sartori, hay alargamiento conceptual cuando abusamos del término fascista aplicándolo no sólo como arma arrojadiza contra sistemas a los que se quiere criticar sino también cuando lo atribuimos a situaciones que no se ajustan exactamente a sus rasgos propios. El mismo fenómeno de alargamiento conceptual se da en relación al totalitarismo, dictadura, genocidio y en general con casi cualquier concepto que implique una carga valorativa de carácter negativo (como en los ejemplos apuntados) o positiva (como democracia, diálogo, solidaridad o paz).

Podemos definir al fascismo, siguiendo a Stanley Payne, como un “movimiento ultranacionalista, orgánico, revolucionario que buscaba un renacer nacionalista basado en una filosofía vitalista y no racionalista”. La estructura del fascismo suele reflejar una combinación algo incoherente de elitismo extremo y movilización de masas, jerarquía y principio de liderazgo y en donde se valora positivamente la violencia y las virtudes militares. Algunos de estos rasgos si se pueden identificar en el pensamiento y la acción política de Jose María Albiñana, pero no otros como, por ejemplo, el anticonservadurismo.

Rasgos distintivos del fascismo

Las negaciones fascistas 1. Antiliberalismo
2. Anticomunismo
3. Anticonservadurismo
Ideología y objetivos 4. Creación de un nuevo Estado nacionalista autoritario
5. Creación de algún tipo nuevo de estructura económica integrada, regulada y pluriclasista: nacional-corporativa, nacional-sindicalista, etc.
6. Objetivo de un imperio
7. Defensa de un credo idealista y voluntarista; una nueva forma de cultura secular, moderna y autodeterminada
Estilo y organización 8. Importancia de la estructura estética de los mítines, símbolos y coreografía política (enfoque romántico y místico)
9. Tentativa de movilización de masas, con el objetivo de una milicia de masas de partido
10. Evaluación positiva y uso de la violencia
11. Exaltación de la juventud, con hincapié en el conflicto generacional
12. Estilo de mando personal, autoritario y carismático

Fuente: Navarro, F./Sichar, G./Cuerda E. (coord.) El Delirio Nihilista: Totalitarismos, Populismos y Nacionalismos (Ed. Última Línea, Málaga, 2017, en impresión)

Ideología y acción del Dr. Albiñana.

Jose María Albiñana es, indudablemente, un intelectual muy relevante del siglo XX español. No sería justo negarle tal virtud, ni ignorar o censurar su obra, a juzgar por sus tres carreras, varios doctorados (medicina, derecho y filosofía) y su profusa obra escrita en la que se atrevió con diversos géneros desde la poesía hasta el ensayo, el artículo periodístico o la novela con tintes biográficos. Y todo ello compaginado con su exitosa actividad profesional de la medicina, los viajes y una azarosa vida política, especialmente desde su regreso a España a finales de los años veinte. Ignorar la obra del Dr. Albiñana supone cerrar los ojos a nuestra propia historia y sustraernos además a trabajos espléndidos como la Historia de la Villa de Enguera y de sus hijos ilustres.

El Dr. Albiñana es el prototipo de dirigente de la extrema derecha y uno de los artífices del radicalismo doctrinal y político de nuestro país en los años treinta. No dispongo del tiempo suficiente para analizar su evolución ideológico-política pero debe señalarse que Albiñana empezó sus escarceos políticos de la mano del ala radical izquierdista del partido liberal. Entre 1910 y 1912 editaba el periódico El defensor de Enguera desde el cual denunciaba los abusos del caciquismo conservador y del clero. Su giro ideológico se produce a partir de 1927, tras su emigración y estancia en México en donde se exacerbó su nacionalismo. Es también en esa época cuando consolida su antisemitismo, tras la lectura del libelo Los protocolos de los Sabios de Sión. Albiñana escribe en aquella época que “existe en el mundo, desde siempre, una conspiración judía contra España” (Preludios de la gran tragedia: la ofensiva contra España, 1931)

En 1928, ya instalado definitivamente en España, el Dr. Albiñana se desplaza habitualmente a Enguera para escribir la Historia de la Villa de Enguera. El resultado de aquella ingente e impresionante investigación histórica que culminó en 1930 ha sido felizmente publicado ahora tras permanecer inédito todas estas décadas. Ese mismo año 1928, el ayuntamiento de Enguera le nombra con toda justicia “hijo predilecto” y da su nombre a una calle. El año 1929, cuando la dictadura de Primo de Rivera está a punto de agotarse, lo dedicó el Dr. Albiñana a conseguir el homenaje de la villa al general Martínez Anido (un acontecimiento al que dedica la parte final de su Historia de Enguera) al que, además, se nombra “alcalde honorario” por su filantropía con los más desfavorecidos.

El año 1930 es clave para entender el giro radical del Dr. Albiñana pues es el año de la fundación del PNE - Partido Nacionalista Español (1930-1937). Debo adelantar que el PNE fracasó como organización política de derecha conservadora antiliberal; una derecha de resistencia durante el final de la monarquía de Alfonso XIII. La aportación del PNE (y lo que más aproxima a este partido al fascismo) fue el uso de la violencia física como componente normal de la acción política mediante la creación de milicias encuadradas dentro del propio partido (Legionarios de España). Aróstegui llama a este fenómeno “violencia ideologizada”. En el albiñanismo la violencia constituye un elemento aceptado de comportamiento ético, plausible, válido y creador. El político francés León Daudet llegó a escribir (1932) que “Albiñana necesita la lucha (física) como el aire para vivir”. Su primera acción, y probablemente una de las más sonadas, fue el boicot a un acto de homenaje a Unamuno en el cine Europa de Madrid (4 de mayo de 1930), en el curso del cual Indalecio Prieto – que asistía al acto y se enfrentó a los matones - salió con un ojo morado.

En cualquier caso, Los Legionarios de España no pueden ser equiparados a las SA del nazismo o a las Camisas Negras del fascismo italiano y más bien deben enclavarse dentro del fenómeno que González Calleja y F. del Rey Reguillo denominan “paramilitarización conservadora” muy en la línea del “maurismo callejero” (previo a la dictadura de Primo de Rivera), los “Sindicatos Libres” o las “uniones cívicas” (agrupaciones semioficiales de autodefensa que proliferaron entre 1919 y 1923). No cabe duda de que su inspiración exterior proviene de Francia y más concretamente de las Ligas Patrióticas de excombatientes (una gran parte de sus legionarios habían combatido en Marruecos). Me apresuro a decir que tal “violencia ideologizada” no es, ni mucho menos, una invención atribuible a Albiñana en exclusiva. La violencia ideologizada estaba en plena sintonía con aquellos azarosos tiempos, tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político.

El historiador Gil Pecharroman, en su excelente obra sobre la figura política de Albiñana, afirma que el PNE “no fue un partido fascista o protofascista. Ni siquiera sufrió un proceso de fascitización, salvo de modo parcial y durante muy pocos meses” (en 1933). El cumulo de partidos nacionalistas “de derechas” en aquellos tiempos es lo suficientemente amplio como para permitir una variada gama de tonalidades desde monárquicos y conservadores moderados, pasando por derechistas radicales (agrupados en la Unión Monárquica Nacional y más tarde Renovación Española), carlistas (Comunión Tradicionalista), corporativistas (Partido Laborista, en Barcelona) o fascistas “a la española” (Falange Española). Añadamos a ese panorama partidos en el ámbito de la derecha radical algunos tan exóticos como el Partido Socialista Monárquico Alfonso XIII, Acción Monárquica, Reacción Ciudadana o Acción Nobiliaria, un partido fundado en 1909 que buscaba la recuperación de privilegios para la aristocracia. En ese panorama el PNE de Albiñana no logró alzar el vuelo si bien llegó a contar con representación parlamentaria y hasta a reunirse con el rey Alfonso XIII el 25 de agosto de 1930. Casi me atrevería a decir que el PNE murió de éxito, ya que la eficacia de sus milicias (Legionarios de España) hizo que el partido quedase asociado a un mero movimiento paramilitar (“partida de la porra”) con escaso o nulo discurso propositivo, más allá de los lugares comunes: tradiciones y glorias patrias, nacionalismo y, por encima de todo, Dios.

El principal fascista español- Ramiro de Ledesma Ramos- odiaba profundamente al Dr. Albiñana. Según Payne lo despreciaba 'Mas que a cualquier otro hombre público de su tiempo'. Hace un par de años publicamos en edición crítica y anotada la obra de Ledesma ¿Fascismo en España? y lo que en ella vierte sobre Albiñana es muy significativo para constatar que Albiñana no fue jamás considerado fascista, al menos por los fascistas. Escribe Ledesma: "había existido la gesticulación reaccionaria de Albiñana, al servicio descarado de la aristocracia terrateniente y de los núcleos más regresivos del país y quiso presentarse, desde luego, como emulo del Duce fascista de Italia"

En realidad el PNE encarnaba – Ramiro de Ledesma lo vio rápidamente- la evolución de una parte del conservadurismo español (terratenientes, burguesía…) hacia posiciones reaccionarias y ultracatolicas que encarnaba entonces la Comunión Tradicionalista, el carlismo, y en cuyo seno se disolvería el PNE ya iniciada la Guerra Civil. El lema del partido lo decía casi todo: “España sobre todas las cosas y sobre España inmortal, solo Dios”. El PNE, dada su carencia de ideólogos, nunca sistematizó un corpus doctrinal o un programa social y económico (más allá de las alusiones a la doctrina social de la iglesia y su encíclica Rerum Novarum); una carencia que si es sintomática en los movimientos fascistas y autoritarios, no así en los totalitarios como el comunismo o el nazismo.

Su asesinato en la cárcel Modelo de Madrid a escasas semanas de iniciada la Guerra Civil terminó abruptamente con una de las mentes más polifacéticas y brillantes de su época y en 1937 el PNE se disolvió en la Comunión Tradicionalista, partido carlista que si contaba con numerosos puntos en común con la ideología ultraconservadora y ultracatolica – aunque no fascista- de Jose María Albiñana.

En la España de los años treinta los enemigos de la democracia parlamentaria y del liberalismo mostraban diversos rostros igualmente liberticidas desde el conservadurismo reaccionario que encarnaba Albiñana, el fascismo que pretendía asumir la modernidad (de ahí su desprecio por el tradicionalismo conservador) y el comunismo revolucionario de inspiración soviética. Todos ellos fracturaron la sociedad española y poco después la Europea.